Thursday, August 05, 2004

Él no es pesado...

Él conoce la historia muy bien. Se la escribí hace poco más de un lustro en una carta que leyó a bordo de un avión que lo encaminaba a una Canadá dura y llena de espejos en los que no pudo dejar de mirarse, la misma que después de masticarlo por todos lados terminó escupiéndolo de vuelta. Pero cuando regresó ya no estaba solo, demostrando con ello que al destino a veces le da por compensar. Pero regresemos de nuevo a la imagen de ese avión y de esa carta leída por unos ojos oscuros que siempre han brillado de una forma peculiar. Allí le confesé por primera vez esa extraña manía que tengo por identificar a una persona con una canción en especial, por transformarlos en una sola cosa indivisible y perenne. La suya es “He Ain’t Heavy, He’s my brother” de los Hollies y mucho se debe a mi amigo C., quien por aquellos años (no entremos en detalles cronológicos) me prestó, todavía en formato de vinyl, un disco de éxitos de los oriundos de Manchester a quienes tanto le deben Oasis y Blur, entre muchos otros britpoperos. La cuestión es que por esos tiempos Él todavía andaba en la temida “edad de la punzada”, época en la que nos da por sentirnos los dicaprianos reyes del mundo y ninguno de mis compañeros de entonces toleraba sus desplantes, en especial el mencionado C., quien cada vez que iba a comer a mi casa concluía el plato de sopa gorroneado con la misma cantaleta: “G. es una patada en los h…, no sé cómo lo soportas”. Y yo, tal vez en voz alta, tal vez no, simplemente le decía: “Él no es pesado, es mi hermano”, sin saber en ese momento que tras tanta justificación la melodía de los Hollies siempre me conectaría a Él, a su cabello rebelde, a sus cejas de diablo, a la costumbre que posee de sustituir las palabras con gruñidos (por lo menos para conmigo) y también a un pasado cuyos brochazos han quedado plasmados en los muros de un cuarto compartido, en donde las interminables pláticas nocturnas poco a poco fueron sustituidas por una lucha sin cuartel entre los Beatles (míos) y Pink Floyd (suyos). Antes de venir a Barcelona y después de pensarlo detenidamente, decidí dejar el disco de Greatest Hits de los Hollies (ya en CD) en México, por aquello de evitar los buscapiés de la nostalgia. Quién iba a pensar que la pésima radio catalana me tenía guardada la sorpresa de restregarme en los huesos la mencionada canción en la mañana del día de ayer. Esta vez aguanté y no lloré, de hecho preferí mirarme en el espejo para dedicarme, mejor dicho, para dedicar-nos, la mejor de mis sonrisas…

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